Un cliente
habitual, de uno de los mayores casinos del mundo, estaba sentado en el bar del
mismo, tomándose una copa. Se tomaba un Gin tonic, mientras descansaba de su
angustioso e infortunado día, -de apuestas fallidas- en la ruleta.
Al mirar
hacia el casino y dirigir su mirada hacia la ruleta, ve a un señor de mediana
edad, que hace una fuerte apuesta, gana, y se va.
El cliente,
picado por la suerte del señor que ha visto, sigue apostando su dinero en la
misma ruleta, pero sin suerte alguna.
Ese día se
marcha a casa, sintiéndose una vez más un desdichado jugador.
